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El presidente Álvaro Obregón quería que México reingresara al club de naciones después de su sangrienta revolución y su lucha contra la gripe “española”. Él se dio cuenta que restablecer relaciones con el vecino del norte, defendiendo al mismo tiempo la soberanía mexicana, no iba a ser fácil, pero al firmar los Acuerdos Bucareli en 1923, sentó las bases para unas mejores relaciones y paz entre las dos naciones.

La rebelión contra Carranza, su asesinato y la campaña presidencial de 1920

Obregón anunció su candidatura a la presidencia el 1 de junio de 1919, porque creía que Carranza había perdido el contacto con los gobiernos estatales y el pueblo mexicano. La neutralidad de Obregón después de abandonar el gobierno le valió las simpatías y el apoyo del pueblo, mientras que su principal rival político, el general Pablo González, se ganó la hostilidad del sector agrario por su campaña contra los Zapatistas y el asesinato de su líder. Obregón se presentó como un centrista-liberal buscando unir al país contra los represivos y egoístas “señores de la guerra”.

Carranza eligió a Ignacio Bonillas, embajador mexicano en Estados Unidos, para sucederle en el cargo en 1920 y pagó por ello una costosa campaña política. La tensión estalló el 11 de abril de 1920 cuando Carranza intentó arrestar a Obregón, después de enviar a prisión a varios obregonistas. El 23 de abril de 1920, Obregón, Adolfo de la Huerta, y otros revolucionarios firmaron el Plan de Agua Prieta, el cual reafirmaba la Constitución de 1917, exigía la instauración de un estado de ley y orden, la dimisión de Carranza y la creación de un gobierno provisional hasta que se celebraran elecciones. A los revolucionarios que firmaron el Plan se les llegó a conocer como el Triángulo Sonorense o la Dinastía, porque Obregón, de la Huerta, y Plutarco Elías Calles eran oriundos de Sonora. Los tres hombres incitaron rebeliones en el norte de México, forzando a Carranza a abandonar la Ciudad de México y a refugiarse en Veracruz a principios de mayo de 1920.

Carranza nunca llegó a su destino; se reunió con el desertor rebelde Rodolfo Herrero en las montañas de Puebla, que le ofreció su protección. Pero Carranza no sabía que Cabrera, uno de sus subordinados, había ordenado recientemente la ejecución del padre de Herrero. En la madrugada del 21 de mayo de 1920, Herrero atacó el campo de Carranza y éste fue asesinado. Herrero fue arrestado más tarde en la Ciudad de México, pero fue puesto en libertad por falta de pruebas. El 1 de junio Adolfo de la Huerta asumió el poder como presidente interino y organizó los próximos comicios. Pancho Villa, ahora que Carranza había desaparecido, se rindió al gobierno interino. A cambio, de la Huerta le dio un rancho y le asignó una guardia de seguridad de 50 hombres. Obregón aceptó que las negociaciones de de la Huerta habían creado un ambiente de paz con Villa, líderes zapatistas, y otros revolucionarios.

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Obregón asume la presidencia

México alcanzó un alto el fuego a tiempo para las elecciones de julio de 1920, y en septiembre se anunció que Obregón ganó con 1.131.751 votos, mientras que su oponente, Alfredo Robles Domínguez, solo recibió 47.442 votos. Obregón tomó el juramento de su cargo a la medianoche del 30 de noviembre de 1920 y transformó México. El país todavía tenía poca infraestructura en pie, sin medios económicos y estaba en la bancarrota. Obregón sofocó las rebeliones que aún quedaban en el país. También sofocó la rebelión de de la Huerta en Sonora, y se dice que quizás ordenase el asesinato de Pancho Villa en julio de 1923. Obregón también sabía que tenía que reducir el número de militares para ahorrar dinero; sus efectivos disminuyeron de un 61% en 1921 a un 36% en 1923.

Obregón creó el Ministerio de Educación Pública para promover una cultura nacional, inició proyectos de embellecimiento, pintura mural, y otras reformas educacionales, cuyo objetivo principal era enriquecer la vida del pueblo de México. En 1921, el Ministerio de Educación, bajo José Vasconcelos, inauguró 1.000 escuelas rurales por todo el país. Durante su presidencia, Obregón devolvió 3.250.000 acres [1.315.228 hectáreas] de tierra a 400.000 campesinos, pero los grandes terrenos, tales como los 2’5 millones de acres [1.011.714 hectáreas] de Luis Terrazas, permanecieron intactos. Obregón devolvió la moneda mexicana al estándar de oro e invitó a inversores y compañías extranjeras a invertir en las infraestructuras mexicanas, revitalizó la economía e incrementó la exportación de petróleo al extranjero. Bajo el gobierno de de la Huerta y después bajo Obregón, la exportación aumentó de 77.703.289 barriles en 1919 a 190.000.000 a finales de 1921. El gobierno de Obregón firmó los Acuerdos de Bucareli con Estados Unidos en 1923, normalizando de este modo las relaciones entre las dos naciones.

Obregón animó a los intelectuales americanos y europeos a venir a México para ver la Revolución de cerca. En 1921, Obregón encargó a un grupo de muralistas, incluyendo a Diego Rivera, a pintar las paredes de varios edificios que se encontraban vacíos con el fin de contar la historia de la Revolución. Obregón desempeñó el cargo de presidente hasta 1924, prometiendo que no buscaría una reelección ya que él apoyaba la cláusula de la Constitución de 1917 que prohibía gobernar durante más de un período consecutivo. En 1923, Adolfo de la Huerta, Secretario de Finanzas de Obregón, se rebeló, pues, Obregón había respaldado a Plutarco Elías Calles para presidente en 1924 en lugar de a él. Obregón sofocó rápidamente la rebelión, ejecutando a muchos de sus antiguos aliados. Cuando su período de gobierno terminó, Obregón abandonó el poder y regresó a Sonora, la primera transición pacífica de poder desde que Porfirio Díaz fuera derrocado hacía 14 años. La Revolución Mexicana había finalmente terminado.

Esta fotografía muestra al presidente Álvaro Obregón dirigiéndose al pueblo en la Ciudad de México desde un balcón cerca del Palacio Nacional alrededor de 1920. Como curiosidad cabe señalar que el presidente llevaba una barba falsa para aparentar más autoritativo.

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El regreso a casa

A medida que la fase violenta de la Revolución Mexicana tocaba a su fin, la inmigración mexicana a Estados Unidos disminuyó. Durante la Revolución fueron muchos los mexicanos que regresaron a casa cuando la situación así lo permitió. Por ejemplo, cuando Madero tomó las riendas del gobierno del régimen de Díaz en 1911, la frontera se volvió a abrir y muchos mexicanos regresaron. Los estados de la frontera en Estados Unidos ayudaron a los refugiados mexicanos a regresar a su país con proyectos de repatriación. Los ferrocarriles, que antes habían sido usados para el transporte de mercancías mexicanas, ahora se usaban para repatriar a los refugiados. Aunque esto solo ocurrió esporádicamente, se convirtió en una solución a corto plazo. La mayor oleada se registró justo al comienzo de la Gran Depresión en 1929 cuando los estados de California, Colorado, Illinois, Michigan y Texas trabajaron en cooperación con el gobierno federal. El final de la Revolución Mexicana significó el final de la entrada en masa de inmigrantes mexicanos, pero no cerró la frontera con México. Al contrario, el gobierno creó nuevas agencias y con ellas una Guardia Fronteriza para regular la migración y el tráfico ilegal de alcohol durante la Era de Prohibición. Esto abrió un nuevo capítulo sobre la inmigración en Estados Unidos.

En los años posteriores a la Revolución, México asumió gradualmente su soberanía económica. En 1938, en una muestra de solidaridad con el pueblo mexicano, el presidente Lázaro Cárdenas expropió las refinerías de petróleo mexicano en manos de compañías extranjeras, de acuerdo a lo estipulado en el artículo 27 de la Constitución Mexicana, además de devolver grandes cantidades de tierra a quienes la trabajaban. Esfuerzos como estos no fueron si no un intento de liberar a México de su dependencia externa y cerrarían un capítulo importante de la Revolución Mexicana.

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Los murales mexicanos y los muralistas

Muchos artistas mexicanos se volcaron por el muralismo después de la Revolución. En su libro Mexican Muralists, Desmond Rochfort escribe que Gerardo Murillo (conocido como “Dr. Atl”) introdujo el muralismo como una respuesta nacionalista a una exposición de pintura española contemporánea patrocinada por Porfirio Díaz en 1910. La exposición de Díaz ejemplificaba la preocupación de la clase dominante en México por la cultura europea, mientras que la del Dr. Atl ponía de relieve la importancia del arte indígena mexicano.

Tres muralistas en particular, Diego Rivera, José Clemente Orozco, y David Alfaro Siqueiros, se convirtieron en figuras importantes en este movimiento artístico. Rochfort explica que Rivera, Orozco y Siqueiros crecieron en el porfiriato, un periodo cuando la división de la tierra y de la riqueza era excepcionalmente injusta. Las tendencias políticas de izquierdas de Rivera y Siqueiros, en particular, influyeron en sus obras; Siqueiros era un prominente estalinista y Rivera alternaba en su pertenencia al Partido Comunista Mexicano. Orozco, por el contrario, fue más crítico en su visión del daño causado por la Revolución en México.

La perspectiva de Siqueiros sobre esta desigualdad queda clara en su manifiesto al Sindicato de Trabajadores Técnicos y Escultores (1922), al afirmar: “Repudiamos la pintura llamada de caballete y todo el arte cenáculo ultra-intelectual por aristocrático, y exaltamos las manifestaciones de arte monumental por ser de utilidad pública. Proclamamos que toda manifestación estética ajena o contraria al sentimiento popular es burguesa y debe desaparecer porque contribuye a pervertir el gusto de nuestra raza, ya casi completamente pervertido en las ciudades. Proclamamos que siendo nuestro momento social de transición entre el aniquilamiento de un orden envejecido y la implantación de un orden nuevo, los creadores de belleza deben esforzarse porque su labor presente un aspecto claro de propaganda ideológica en bien del pueblo, haciendo del arte, que actualmente es una manifestación de satisfacción individualista, una finalidad de belleza para todos, de educación y de combate”.

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Brígido Caro y la revolución en el teatro

Hacia finales del siglo XIX y principios del XX, ya había compañías de teatro mexicanas actuando por el noroeste de México y el suroeste de EE.UU. La demanda de obras escritas por autores mexicanos aumentó constantemente durante las primeras décadas del siglo XX y, allá por 1923, Los Ángeles se había convertido en el epicentro de la comunidad dramatúrgica mexicana. Aunque la demanda era mayor por las comedias, todavía había un gran clamor por dramas más serios.

Brígido Caro nació en Álamos, Sonora, y tuvo una vida políticamente activa, viéndose por ello obligado a mudarse con frecuencia; primero a Zacatecas, después a Guadalajara, y finalmente a EE.UU., asentándose en Arizona y después en Los Ángeles. Trabajó como periodista para el periódico El Sonorense, a través del cual apoyó al régimen de Díaz y atacó a Madero y a los extranjeros. Después de la caída del gobierno de Díaz, Caro fue sacado a la fuerza de su casa y enviado a la frontera con EE.UU. Después de habérsele concedido una amnistía regresó a Sonora, desde donde continuó publicando tabloides anti-Madero, hasta que en 1914 fue expulsado de nuevo. Al llegar a Los Ángeles, entró a trabajar para El Heraldo de México, para el que escribió una serie de obras sobre la situación política y social en México durante las violentas décadas de la Revolución. En 1924 también escribió una biografía de Plutarco Calles, en la que afirmaba que Calles era un comunista bolchevique y un dictador. Caro, y otros como él, nunca evitaron tratar temas controversiales en sus obras, como la situación histórica de los mexicanos en California y la Revolución. Caro y sus contemporáneos se unían a menudo con compañías de teatro locales y hacían representaciones en teatros como el Teatro Hidalgo o el Teatro México, que llegó a ser conocido como el protector de la cultura hispana. La Biblioteca del Congreso tiene cuatro obras de Caro en la División de Manuscritos, dos de las cuales tratan específicamente el tema de la Revolución y los sentimientos nacionalistas que generó.

“Patria y Bandera” (1923), fue una obra escrita como expresión del nacionalismo mexicano y como repudio de la violencia de la Revolución. Tres de los personajes principales de la obra llevan los nombres de los colores de la bandera mexicana: Color Verde, Color Blanco y Color Rojo. Color Blanco es la voz más fuerte de México y de la naturaleza pacífica de sus ciudadanos. Otro personaje, La Patria, también evoca considerables sentimientos nacionalistas. La obra concluye con la interpretación del himno nacional mexicano. La primera obra de Caro que trataba el tema de la Revolución abrió al público el 5 de mayo de 1923 con un gran éxito en el Teatro México en Los Ángeles, California.

“Joaquín Murrieta” (1926) aborda el tema de la identidad y la Revolución. Esta obra de Caro salió perdedora en un certamen de teatro celebrado el 25 de agosto de 1926 en el Teatro Hidalgo, frente a la presentada por el dramaturgo Adalberto Elías González, pero al final de la temporada “Joaquín Murrieta” fue la gran sorpresa por el éxito que había cosechado y el Hidalgo fue escenario de muchas representaciones de esta obra. El prólogo presenta a dos hermanos, Carlos y Joaquín Murrieta, extrayendo oro en California cuando el alguacil Leary aparece para pararlos. Leary les dice que como son mexicanos, una raza inferior, no se les permitirá que se aprovechen de los recursos naturales de EE.UU. Desafortunadamente, Carlos y su mujer son asesinados dejando a Joaquín como un bandido prófugo de la justicia. Él se enamora de una mujer, Clara, pero la mujer que lo ama, Mariquita, por despecho, informa al ejército estadounidense donde se encuentra escondido. Al encontrarlo, el ejército lo mata, y éste, con su último aliento, lanza una advertencia para aquellos que lucharon en la Revolución: los que viven en la violencia mueren con violencia.

"Patria Y Bandera." Brígido Caro Papers, Manuscript Division, Library of Congress. MM 87006195

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La reelección y el asesinato de Obregón

Plutarco Elías Calles fue elegido presidente en las elecciones de 1924. Una vez que éste tomó el poder, Obregón volvió a la vida civil en Sonora. Sin embargo, continuó ejerciendo influencia militar y política en México, por lo que su deuda aumentó considerablemente. A su muerte en 1928, todas sus posesiones, a excepción de sus dos principales en Sonora, tuvieron que ser vendidas. Obregón apoyó la presidencia de Calles y, cuando surgieron disturbios entre octubre de 1926 y abril de 1927, regresó al servicio militar activo con el fin de luchar contra un levantamiento de Indios Yaquis.

En mayo de 1927, Obregón anunció su candidatura a la presidencia para las elecciones de 1928, después de que el Congreso redefiniese el significado de no reelección en el sentido de mandatos consecutivos. Obregón se enfrentó a dos de sus antiguos protegidos: el general Francisco Serrano, que lo había atendido cuando fue herido en el brazo, y el general Arnulfo Gómez. Ambos fueron eventualmente ejecutados por fuerzas federales. Obregón, por lo tanto, se presentó a la presidencia prácticamente sin oposición. El 17 de julio de 1928, menos de dos semanas después de su victoria electoral, José de León Toral, un miembro del Movimiento Cristero que se había revelado contra las leyes anticlericales establecidas en el artículo 3 de la Constitución, le disparó cinco tiros en la cabeza causándole la muerte.

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